Después de varias semanas esperando/temiendo nos hemos encontrado. Estaba preparado. Lo había vivido en mi cabeza varias veces. Tú estabas con tu nueva pareja. Parecía agradable. Nos saludamos rápidamente, sin mirarnos a los ojos, y, en seguida, nos fuimos al cortijo donde se celebraba la fiesta.
Aguanté bien la capea. Nuestros amigos nos mantenían entretenidos. Te das cuenta de los pequeños detalles en estos estados de hipersensibilidad. Sin embargo en la comida, durante el segundo plato, no podía tragar. Me salí, recuperé y me enganché en el postre. No quería beber. No dejé el vino.
¿Te acuerdas cuando murió mi abuelo? Estábamos con Lidia y Francisco tomando café frente a ese mar que a ti te encanta y que a mí me enamoró. Me llamó, no me acuerdo bien si fue mi madre o mi hermano, con la noticia, inesperada. No pude parar de le llorar en casi tres horas, ya con un llanto seco. Era la primera vez que lloraba. Me pasó algo similar por la tarde, cuando ya estábamos todos bailando. Salí de nuevo discretamente con un whisky en la mano y sentí tanta pena de no estar juntos. Palomita se dio cuenta y Miguel salió a buscarme. No me apetecía que me viera así, pero me ayudó mucho un paseo con él hablando de otros temas. Le pregunté cuando regresábamos si se me apreciaba rojez en los ojos. Sí. Cogimos una botella de malta y antes de entrar nos tomamos unos vasos.
Vosotros os fuisteis al poco tiempo. Luego me enteré: para ti no era fácil tampoco. Cerré la pista y me fui a dormir sin pensar en nada, miento, echando de menos un cuerpo, cualquiera, a mi lado.
El día anterior no cruzamos palabra. El nuevo día era tu cumpleaños, y me di asco por ser tan crío. Te felicité. Decidí desayunar contigo y con él. Dije tonterías por los nervios. Comí la piña con la mano porque temía levantarme a por cubierto y que os dierais cuenta de que estaba tiritando. Qué civilizados, qué correcto todo y sin embargo es lo mismo que no hablar.
Teníamos las habitaciones cerca. Al recoger las maletas, te dije que vinieras. Te di tu regalo: una linterna. Tu sabías por qué. Te pusiste a llorar y me pediste un abrazo. No podía dártelo. Te saqué del cuarto porque no quería que tu pareja estuviera más incómoda de lo que ya había estado. Dejaste el hotel sin despedirte. Yo no hablé con nadie por horas.